Simón nació en Cilicia, Tarso, alrededor del año 400 y era el típico pastor de ovejas del siglo V hasta escuchó el sermón de las bienaventuranzas y cambió su vida (más info de las bienaventuranzas aquí) Le flipó eso de: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, que Simón, de toda la vida había sido superfan de Dios y lo de verlo así de tú a tú y charlar con él le hacía una ilu tremenda, así que le preguntó a un anciano de la aldea, que los vejetes en aquellas épocas sabían más que google, que qué había que hacer para tener el corazón limpio y cumplir esas bienaventuranzas y el viejo:
-¡Pues yo que sé, hijo mío, métete a monje o algo! Que yo los veo siempre mu fresquitos y mu aseados, ¡con un olorcillo a incienso tan purificador!
Y Simón se presentó a un casting para monjes, le cogieron y bueno... ¡se lo tomó de un serio! Que estaba todo el día reza que te reza, ¡un agonías! Se chapó los 150 salmos y cuando le asaltaban los deseos impuros para refrenar los instintos se ataba una cuerda hiriente en una pierna y un bejuco espinoso en la cintura. Lo que viene siendo un cilicio, ¡que el chico había decidido tener el corazón limpio y punto pelota! Estaba todo feliz con sus mortificaciones, que oye, cada uno tiene sus vicios, hasta que el superior del monasterio le pilló y se rebotó la leche:
-¡Pero serás exagerado! Es que paso de que sigas en el monasterio, Simón, que luego las idas de olla esas se convierten en costumbre y me voy a tener que poner el cilicio yo cuando me apetezca pecar un poco contra el sexto... Con todo el dolor de mi corazón, muchacho, pero que tienes que abandonar la casa…
Se fue a vivir a una cueva abandonada y se puso a rezar y ayunar y con el hambre se le ocurrió una idea tremenda:
-¡Joder! ¡Carambita! Voy a hacer como el Jesús y tirarme los 40 días de la cuaresma sin comer ni beber, que así después, cuando vea a Dios in person tenemos tema de conversación.
Y fue a consultar su brillante idea con el anciano, que a ver si se le iba a ir el tema de las manos y se moría de hambre o algo… Y el anciano, que ya dijimos que era una versión baja edad media de google, le dice:
-¡Nah! Hasta 55 días no se muere nadie de hambre, que lo he leído yo en un foro…
Y Simón allá se fue, sin comer ni beber y rezando, que al principio rezaba de pié to guay, pero acabó rezando tumbado en el suelo y le moló tanto el rollo y el tipín que se le quedaba que el resto de las cuaresmas de su vida se las pasó así.
A esas alturas ya le había cogido el punto al tema de los sacrificios así que decidió irse a vivir en plan retiro espiritual a una cueva en el desierto y llamó a un cerrajero para que lo soldara allí con unas cadenas, por si le sobrevenía la tentación de volver a la ciudad. Y estaba todo feliz en su retiro cuando un día pasa por allí el obispo de Antioquía y le dice que si está atado no vale, que ¡así cualquiera se hace ermitaño! que lo que tiene mérito es quedarse en el monte pudiendo escapar. Y Simón se hace quitar las cadenas, que al él no lo van a dejar de sin ver a Dios por un error de concepto…
No contaba Simón con que los ermitaños causaban furor entre la peña del siglo V, así que en cuanto se corrió la bola de que había un tío que se había echado al monte empezaron a visitarlo desde todos los países para pedirle consejos, para limpiarle el sudor con pañuelitos que después colgaban en el tresillo… ¡Había incluso algún flipado que le cortaba pedacitos del manto para llevarlos como reliquia!
-Esto ahora no tiene valor, pero en unos siglos hago a mis descendientes de oro, verás tú…
Y Simón empezaba a estar hasta las pelotas de la fama, ¡¡que desde que se había dedicado a la vida contemplativa ya no tenía tiempo par si mismo!!, pero no se atrevía a ponerse borde con la peña que eso a Dios fijo que no le iba a molar nada, así que como a grandes males, grandes remedios, se le ocurrió otra idea: ¡¡mando construir una columna de tres metros para vivir sobre ella en las alturas!! A ver si así pillaban la indirecta de que la gracia de ser ermitaño era lo de estar solo ¡sooooolo! Pero la gente no se daba por enterada y acudían en masa a contarle sus problemas al pobre Simeón:
-Pues como te lo cuento, Simón, que me enterao que mi marido me la pega con otra….
-Oye, que las ovejas de mi vecino pastaron en mis tierras, ¿tú que me aconsejas que haga?
-¿M; hago de movistar o vodafone?
¡Y ya el colmo era cuando intentaban escalar la columna! Así que decidió aumentar la altura: ¡7 metros! Pero nada, que seguían dándole la vara, que iban hasta los borrachos de la ciudad de mañaneo a vacilarle:
-Simón, ¡hazte un ascensor!
-Simón, ¡que esa columna es más angosta que Chile!
-Simón, ¡que esa columna es más angosta que Chile!
Y él a lo suyo: convirtiendo paganos, dando consejos, rezando ¡que era tal su fama que el rey Marciano de Constantinopla (Marciano de nombre, no de ciudadano de Marte, ¡no os asustéis!) se disfrazó de pobre para ir a verle y quedó impresionado! En vista de que no tenía privacidad aumentó más aún la columna: ¡17 metros! y ahí ya la altura le pareció acojonante, que haber si se iba a caer y luego le acusaban de suicidio y no le dejaban ver a Dios por la tontería… Así que, aunque seguía recibiendo las visitas de la peña, ya no subió más y vivió los últimos 37 años de vida en ese pisito cerca del cielo… Hasta que una mañana vieron que se había quedado mucho rato con la cabeza inclinada y que no rezaba, ni daba consejos ni ná… por lo que se dieron cuenta que la había palmado y ¡se armó la de Dios es Cristo! ¡Que el emperador tuvo que mandar un batallón del ejército para que la peña no se pirara con el cadáver! Si es que en el siglo V estaban muy locos…
Y al final, para no dejar la columna ahí desaprovechada construyeron un monasterio en el lugar, para los quisieran hacer penitencia, así que ya sabéis, si alguien quiere limpiar su corazón…
